El “nuevo proyecto” de López…¿Portillo?

Ayer, Andrés Manuel López Obrador aprovechó la movilización contra su desafuero para lanzar su virtual candidatura presidencial y anunciar las bases de su “nuevo proyecto” de Nación. La verdad es que nadie se podría oponer al catálogo de buenos deseos anunciados por el jefe de gobierno capitalino. Pero si se habla de un nuevo proyecto de Nación se debe exigir mucho más, comenzando por algo básico: esos objetivos cómo y con qué se obtendrán. Y eso, por supuesto López Obrador no lo dijo, aunque, lamentablemente lo dejó entrever y su proyecto de nuevo no tiene nada, es casi el mismo que en 1976 presentó un casi tocayo suyo, otro López, José López Portillo.



De los veinte puntos anunciados ayer por el jefe de gobierno, el más importante es el relacionado con el petróleo y los energéticos. Antes de ello había hablado de “recuperar” la historia de México, de “aprovechar la globalización ejerciendo nuestra libertad para el bienestar nacional” (lo que eso quiera decir en términos concretos), pero inmediatamente después abordó el tema de los energéticos. Aseguró que no permitirá la privatización de la industria eléctrica ni del petróleo, pero sostuvo que nos tendremos que apoyar en el petróleo para sustentar nuestro desarrollo, repitió algo que se ha dicho hasta el cansancio: que resulta absurdo que tengamos que importar gas cuando contamos con abundantes recursos o que tengamos que importar petroquímicos cuando somos uno de los principales exportadores de crudo. Prometió activar esas áreas hasta convertirlas en el sustento del desarrollo pero no dijo cómo lo haría. Sencillamente hoy, para eso, no hay recursos, y en ningún momento de su discurso, en esos 20 puntos que desgranó en el Zócalo, López Obrador habló de una reforma hacendaria: si habló de evitar la corrupción (en la misma marcha organizada y nutrida, sobre todo, por la huestes de René Bejarano, ahora dirigidas…por la esposa de Bejarano), de eliminar beneficios fiscales o de una política de austeridad, pero eso no constituye una política fiscal que permita, como México lo necesita, llegar siquiera a los niveles de Chile o Brasil, que recaudan fiscalmente el doble de México como porcentaje del PIB. Es lo mismo que cuando habló, largo rato, de los sistemas de pensiones: pidió conservar los contratos colectivos de trabajo, reformar los sistemas sin afectar los derechos adquiridos ni los derechos de los nuevos trabajadores (¿entonces qué reformará?), y basó cualquier alternativa en reducir las pensiones de los ex presidentes de la república y de los altos funcionarios, reduciendo el costo de la compra de medicamentos por el Seguro Social (¿un güiño para el Dr. Simi y sus cuantiosos recursos de cara a la campaña electoral?) y reduciendo las comisiones de las AFORES que, según López Obrador, se quedan con más del 20 por ciento de lo que cotizan los trabajadores. Concedamos que todo eso se pueda hacer aunque algunas cifras del argumento son falsas, pero ¿alguien puede creer que cancelando las pensiones de los ex presidentes habrá recursos para cerrar la crisis de las pensiones que cuesta miles de millones de pesos anuales (sólo entre el IMSS, la CLyFC y el ISSSTE, el déficit anual del sistema de pensiones es superior a los 80 mil millones de pesos al año)?. Se necesita mucho más.

Pero el jefe de gobierno fue más allá en sus promesas: habló de elevar a rango de ley el derecho a la pensión alimenticia (los 700 pesos mensuales que entrega a las personas de la tercera edad, cualquiera que sea su situación social o económica) para todos los mexicanos; prometió becas también para todos; atención médica y medicamentos gratuitos para todos; regresar a la política de “fomento económico” del Estado a través de las obras públicas para generar empleos.

El caso es que todo eso cuesta mucho dinero: perredistas responsables como el propio Cuauhtémoc Cárdenas, que ayer no estuvo en la marcha de apoyo a López, saben y así lo han dicho que esas medidas, extendidas a toda la población, serían, con los recursos de hoy en día, sencillamente incosteables. Existen por lo tanto dos alternativas para hacer viables todas estas promesas, sobre todo si se dice que las mismas se basarán en la riqueza petrolera y de energéticos: permitir la inversión privada en esas áreas o endeudarse. La disyuntiva es la misma que se le presentó en su momento a López Portillo y ya sabemos cuál fue su respuesta: recurrir a la deuda pensando que los altos precios del crudo permitirían financiar el endeudamiento. Eso es lo que piensa su medio tocayo López Obrador si asegura que no permitirá la inversión privada en esas áreas y si no plantea realizar ninguna reforma fiscal de fondo. Lo confirma su historia como administrador: cuando el PRD asumió el gobierno de la ciudad en diciembre de 1997 la deuda de la capital del país era de 7 mil millones de pesos, al finalizar el 2003 era de 46 mil millones y eso que la capital no se hace responsable de áreas tan costosas como la educación. Para colmo, como la transparencia (no se habló de ella entre los 20 puntos) no se ejerce, en buena medida, como sucede con las obras viales asumidas por su administración y como sucedió con López Portillo, no sabemos de dónde viene ni a qué se destinan esos recursos. Y tampoco, como hemos visto con toda claridad, ello impide la corrupción de los principales funcionarios del gobierno local: hoy están prófugos por casos de corrupción, el secretario de finanzas del GDF; el delegado de una de las demarcaciones más importantes de la capital; aunque nadie lo molesta, el principal operador político, ex secretario particular y ex líder de la asamblea legislativa, está procesado, lo mismo que otro importante operador del jefe de gobierno, ex delegado de la demarcación más grande de la capital y esposo de la secretaria de Medio Ambiente y por alguna extraña e inexplicable razón, coordinadora de las principales obras viales del gobierno local. Por cierto, ninguno de esos casos partió de investigaciones de la contraloría interna del gobierno de López Obrador sino de denuncias externas que, además, el jefe de gobierno ha calificado como parte de un complot.

El jefe de gobierno, nos propone, entonces, para el 2006, paradójicamente el mismo proyecto, con menor elaboración intelectual, que nos propuso López Portillo en 1976, treinta años atrás, casi con las mismas palabras y basado en las mismas falacias políticas y económicas. El destino con López Obrador, ayer lo confirmó él mismo, es un fuerte paternalismo, un estatismo exagerado y la deuda pública como motor del desarrollo. El resultado, en esa lógica, será el mismo que tuvimos en el sexenio 76-82: cuatro años de auge y dos de desplome hacia la crisis más grave de nuestra historia. En última instancia la única variable, utilizando el petróleo para “administrar la abundancia” y como garante de la deuda, dependerá de cuánto tiempo se mantengan altos los precios del crudo. Es lo mismo que está haciendo Hugo Chávez en Venezuela (por supuesto que es muy distinto a lo que está haciendo Luis Inácio da Silva Lula en Brasil, que reformó a profundidad el sistema de pensiones, realizó una reforma fiscal verdadera y está privatizando la industria petrolera y energética) con la única diferencia de que Chávez terminó regalándole todo el sector petrolero a la iniciativa privada internacional con tal de financiar su “nuevo proyecto” político, basado, también, en un altísimo endeudamiento. Mientras el precio del petróleo esté alto podrá pagar los intereses, cuando bajen todo se derrumbará.

El “nuevo proyecto de Nación” de López Obrador, también tiene muchos otros vacíos e inconsistencias: asegura, contra toda información dura, que el problema de la delincuencia y la inseguridad se combate con empleos, ignorando el fenómeno del crimen organizado como el principal impulsor de la misma. Habla, respecto a Estados Unidos, de una relación de “respeto y colaboración” pero no dice en qué se basaría la misma, aunque sostiene que el principal tema de la agenda bilateral será la inmigración. Habla de la crisis del campo sin explicar cómo lo podrá sacar de la misma. Lea usted los discursos de López Portillo en su campaña de 1976, vuelva a leer si puede y quiere, en sus memorias Mis Tiempos, los capítulos sobre el desarrollo con base en el petróleo y la deuda adquirida y recuerde cómo se utilizó; compárelo con el discurso de López Obrador (un político surgido, casualmente de esas filas y esa época) y verá, que, con 30 años de distancia, la historia se repite: sólo cabe preguntarnos cuál fue o será tragedia y cuál de ellas comedia.

Por: Jorge Fernández Menéndez
Publicado en: Diario Milenio