Este ensayo tiene su origen en la relectura de La noche de Tlatelolco, el libro de Elena Poniatowska. A partir de ahí, Luis González de Alba se ve obligado a corregir muchas de las imprecisiones que ostenta el libro. Lo que se desprende de esta tarea es un reclamo escueto y polémico: hace falta “una reedición, minuciosamente corregida e históricamente apegada a los hechos, de La noche de Tlatelolco”.

Vergüenza súbita

Me llegó La presidencia imperial, de Enrique Krauze, y tras de quedar atrapado por el capítulo que describe a Manuel Avila Camacho, y que leí de un tirón, gozando una prosa rica y una reconstrucción aguda, salté al capítulo sobre Gustavo Díaz Ordaz, que me interesaba de manera personal. Allí encontré una larga cita mía que creí tomada de mi relato sobre el Movimiento Estudiantil del 68, Los días y los años. Es una descripción de la manifestación silenciosa. Krauze la presenta con un gran elogio que agradezco: “Luis González de Alba lo describiría en un párrafo memorable”, y viene en La presidencia imperial la cita donde se lee lo siguiente: “Y de aquellas decenas y después cientos de miles sólo se oían los pasos… Pasos, pasos sobre el asfalto, pasos, el ruido de muchos pies que marchan, el ruido de miles de pies que avanzan. El silencio era más impresionante que la multitud. Parecía que íbamos pisoteando toda la verborrea de los políticos, todos sus discursos, siempre los mismos, toda la demagogia, la retórica, el montonal de palabras que los hechos jamás respaldan, el chorro de mentiras”. Enrojecí de vergüenza. ¿Así escribía yo? Sólo me faltó decir “el titipuchal”, el “buti”. Y luego eso de los pasos, pasos, pasos. Volví a enrojecer. Por suerte dudé. Busqué la cita en el libro de Krauze y descubrí que no hacía referencia a mi propio relato, Los días y los años, sino al de Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco. Una vez localizado el párrafo original en mi libro, de donde Elena lo pasó al suyo y luego lo tomaron los ayudantes de Krauze, vi con alivio que no dije nunca “pasos, pasos, pasos, el montonal, el chorro de mentiras”. Estoy traducido al poniatosko. Mi escritura es mucho más seca. También es menos simpática.


Pero a partir de ese momento estuve convencido, sobre todo cuando leí en la formidable obra de Krauze otras citas basadas en Poniatowska, citas que tampoco son correctas, que debía aclarar lo que sucedió hace 27 años, cuando entregué mi relato a la editorial ERA y Elena hacía entrevistas en la cárcel de Lecumberri para el libro que se llamaría La noche de Tlatelolco. Si los ayudantes de Krauze le pasaron a ese historiador fichas sacadas del material más accesible, sin duda el libro de Elena, ¿hicieron mal? ¿No da lo mismo citar a un militar herido, a un estudiante preso, a un dirigente del 68, de las varias fuentes originales, o de la obra más conocida de Elena Poniatowska, que resume estas fuentes? Se podría decir que, en efecto, da igual y se ahorra trabajo de investigación hemero y bibliográfica. Pero no es así. En primer término porque Elena Poniatowska no da mucha importancia a sus referencias. Le importa el sonido general de la obra, no los detalles. ¿No acaba de afirmar (10 de agosto) que Luis Barragán no estudió y todo se lo enseñaron los campesinos? También nos dijo que los indios albañiles que construían las pirámides luego subían con sus hijos a mostrarles desde lo alto el valle y los volcanes. Qué lindo era el mundo. Jamás existieron las feroces teocracias que describen todos los historiadores, con excepción de Elena. Tales afirmaciones son de las que arrancan aplauso fácil dichas en el lugar adecuado, lo cual muchos saben hacer. Pero los historiadores del año 3000, si no tuvieran otras fuentes, estarán convencidos de que los campesinos mexicanos vivían, a fines del segundo milenio, en casas luisbarragán. Por suerte los historiadores logran desentrañar mitos, en ocasiones milenarios, a pesar de los esfuerzos de tantas almas generosas por inventar la realidad y el pasado.

Como segunda precaución al leer a Elena Poniatowska está el asunto del lenguaje. Las citas en su narración a voces múltiples no se conservan tal y como fueron dichas, sino que, de nuevo en dádiva al sonido de la obra, están traducidas, con grandes licencias, a su lenguaje, esa mezcla de supuesta ingenuidad y sabor popular que es creación exclusiva de Elena, pues las criadas verdaderas no hablan así, habla de esa manera Elena cuando imita a las criadas. Es un lenguaje virtual inventado por Elena Poniatowska y que solamente ella habla. Lo cual es muy distinto.

Los hechos antes de publicar los libros

Aprovechando su último embarazo, Elena Poniatowska me ayudó a sacar de Lecumberri el manuscrito terminado de Los días y los años. Por entonces, mediados de 1970, Elena iba a la cárcel para realizar las entrevistas que luego emplearía para escribir La noche de Tlatelolco. A las pocas semanas recibí de Elena la solicitud para permitirle emplear elementos de mi relato, ya en proceso de edición por la editorial ERA, en el libro que ella por su parte estaba escribiendo. Por supuesto accedí con gusto. Por enero de 1971 apareció mi relato: Los días y los años. No tuvo un buen arranque en ventas. Quizá mi título era malo, poco vendedor, sin garra comercial. Además, la mezcla de relato intimista, días de extrovertida agitación callejera y años de conversaciones entre presos aburridos, no era lo que el lector deseaba. De un líder esperaba un relato heroico, el mío no lo era. Elena se dio prisa y, frente al árbol más bello de París, según definición de su tía, concluyó una obra espléndida, a muchas voces, así que muy poco tiempo después que mi relato salió el de Elena: La noche de Tlatelolco. Un acierto desde el llamativo título. Elena me lo hizo llegar a la cárcel de Lecumberri, donde corría mi tercer año de prisión, con una generosa dedicatoria que cubre dos páginas de texto y flores dibujadas con plumón morado. Dice que mi libro “se vende un chorro… y ahora [que salió el de ella] se van a vender los dos juntos como mancuerna, como pareja de hongos […]”. Entonces se iniciaron las confusiones. ¿Quién dijo tal cosa?, me preguntaban presos y visitantes, tú dices que A, Elena lo atribuye a B. Quede pues aquí dicho de una vez y para siempre: soy testigo presencial de los hechos que relato, no así Elena. Por tanto los hechos ocurrieron como yo los relaté y en las voces de quien ponga ciertas palabras, de allí las escuché.

500 líneas equivocadas

Comienzan ya las llamadas para integrar los comités y asociaciones para la conmemoración de los 30 años del movimiento del 68 el año próximo. Lloverán también las ponencias, los estudios y los análisis. Como no estaré en ninguno, vaya aquí mi aportación. Es el listado de páginas que los historiadores deberán tomar con cuidado en La noche de Tlatelolco, pues citadas —ciertamente con mi autorización— de Los días y los años, fueron modificadas por Elena Poniatowska. A partir de esos cambios introducidos por Elena, ya no habla quien en mi narración hablaba o ya no habla como hablaba, o, casi siempre, ambas cosas: ni habla el que hablaba ni habla ya como hablaba. Los números sin paréntesis corresponden a páginas de La noche… donde hay material de Los días y los años, los números entre paréntesis correponden a páginas de este último libro donde se encuentra el párrafo original: 19 (20), 27 (158), 32 (59), 34 (61), 41 (46), 48 (98), 52 (106), 60 (119), 63 (120), 64 (117), 70 (125-126), 76 (122), 77 (134), 81(146), 85 (150), 101 (152), 102 (153), 105 (154), 152 (143-145), 153 (184), 174 (184), 175 (183), 180 (190-191), 183 (185-186-192), 194 (192), 195 (192), 211 (191) y 236 (203). En total, 28 párrafos con más de 500 líneas, extraídos de Los días y los años, y entreverados en La noche de Tlatelolco, de los cuales ninguno, ni uno solo de esos 28, está correctamente atribuido a la persona que dijo en la realidad real esas palabras, y, además, en casi todos está cambiado el lenguaje hacia un sentido más cercano al que Elena cree popular. Dos aspectos de una misma realidad virtual. Otros cuatro o cinco párrafos, citados también de Los días y los años, aparecen en La noche… sin cambios, por lo mismo no están enlistados arriba.

Una obra polifónica

Obra coral, La noche de Tlatelolco sigue requerimientos estéticos en la mezcla de voces, sin conceder mucha importancia a la fidelidad: no importa si A dijo las palabras citadas por Elena Poniatowska, importa que A acaba de tener ya una cita en la página anterior, por lo tanto suena mejor atribuir lo dicho a… (Elena baraja su memoria)… a M, que desde páginas atrás no aparece. Como en una cantata, el bajo no debe extenderse demasiado y el compositor lo sustituye en su momento por la soprano. Así ocurre con los relatos que, tomados por Elena de Los días y los años, se extienden en la sola voz del narrador de ese libro. Elena Poniatowska desea emplear mi narración porque hay más de 30 párrafos que le gustan para incluirlos en La noche de Tlatelolco, pero habría debido citar en más de 30 ocasiones a González de Alba, que es el narrador. Como eso se veía mal, Elena decide, con sabiduría estética, atribuir esos relatos a muchos de los estudiantes encarcelados, entre ellos al propio González de Alba, y así es como varias decenas de descripciones, que son voz del narrador en Los días y los años, acaban luego democráticamente repartidas, en el libro de Elena, entre Gilberto Guevara Niebla, Eduardo Valle (el Búho), Florencio López Osuna, Raúl Alvarez Garín, Ernesto Olvera, Félix Hernández Gamundi, una Elena González desconocida para mí y Salvador Martínez della Roca (a quien le castellaniza el apellido como de la Roca: otro detalle favorecedor de la intachable raigambre nacionalista del Movimiento, como lo es saltarse, al describir a la abuela de Raúl, su fuerte acento español). En una puesta en escena del texto, como poesía coral, por ejemplo, no importaría. Pero La noche de Tlatelolco es cada vez más una obra empleada en la investigación histórica del pasado reciente. Enrique Krauze la empleó en abundancia hasta cuando dispuso de textos originales, como son las declaraciones de militares heridos en Tlatelolco, donde transcribió la versión de Poniatowska y no las actas recopiladas en un pesado volumen que yo mismo le hice llegar. Para los historiadores del futuro debe quedar claro que el dramatismo, la sonoridad, la música, en La noche de Tlatelolco, tienen prioridad sobre la verdad escueta. ¿Alguien dijo en verdad “son cuerpos, señor”? Sí, al parecer. Pero el hecho es que no importa. Alguien lo pudo decir. Importa que es un gran final.

Lo trivial y lo no tanto

Hasta allí lo que encontramos es un recurso literario emotivo. Pero los cambios hechos por Elena Poniatowska a mi relato para incorporarlo al suyo, ¿son triviales? Algunos de ellos, quizá. No importará mucho dentro de 300 años si Salvador Martínez della Roca, el Pino, dirigente estudiantil de Ciencias, fue quien dijo que al gobierno “con razón se le botó la canica” (p.17), o si fue otro dirigente, lo que sí importa es que la expresión es ridícula para los alcances que tuvo la represión. Quizás es el lenguaje colorido del Pino, que también lo tiene, quizás es parte del lenguaje colorido de Elena en el cual nada puede asegurarse ni negarse porque no hay límites establecidos entre la verdad y los adornos. Lo que sí puedo afirmar que no dijo el Pino es lo que le atribuye Elena en las páginas 19 y 20 de La noche, ya que, de nuevo, es el narrador de Los días y los años, y no el Pino, quien está hablando con desprecio de las manifestaciones procubanas de años anteriores la tarde del 26 de julio en que comenzó el Movimiento Estudiantil de 1968 (págs. 20, 21 y 22 de Los días). Como González de Alba acaba de ser citado y el tono del párrafo le va mejor al carácter del Pino, Elena decide atribuirle ese relato a él, elección desafortunada en este caso preciso porque antes del 68 el Pino, Salvador Martínez della Roca, no se planteaba ir o no ir a manifestaciones. Para rematar el párrafo, Elena pone en boca del Pino otra más de esas expresiones entre infantilonas y coloridas tan propias del poniatosko, y lo hace decir que no va a esas manifestaciones del Partido Comunista porque son “retedesabridas”.

Otro elemento más de Los días y los años, el relato de la página 97, en voz del narrador, es atribuido en La noche a Eduardo Valle, el Búho, a quien Elena le planta la expresión “la momiza”, de moda más bien en medios sofisticados y no entre los comunistas de Eduardo Valle. El pobre de Gilberto Guevara, tan formal, dice en La noche que “preveíamos los cocolazos”. El término abundaba en La familia Burrón, pero a Gilberto no se lo he oído nunca. Y, de nuevo, llamamos cocolazos a un pleito entre niños, no al horror de Tlatelolco. Tampoco yo he empleado jamás, ni sé todavía qué signifique, “la murria”, a pesar de que en la página 27 de La noche, resumen de las páginas iniciales de mi capítulo XII, dice Elena que eso me da mientras estoy mirando al techo. En ese mismo párrafo, reescrito por ella, me hace un cambio de género que me adecenta.

Mi relato de la gran manifestación del 27 de agosto entrando por 5 de Mayo, que puede leerse en la página 98 de mi libro, pasa a la página 48 del libro de Elena con algunos cambios esenciales. Uno, que lo narra una estudiante desconocida llamada Elena González y no yo; dos, una imagen característica de Elena, en este caso la de los muchachitos que le jalan la cola y las orejas al Caballito, añadidura de su propia cosecha; tres, sus giros: “En la avenida Juárez también había chorrocientas gentes aguardando”, pone Elena Poniatowska en labios de la supuesta Elena González, donde yo digo: “La avenida Juárez también era un tumulto incontenible”; cuatro, un error que yo no habría cometido: llama Carlos Quinto a la estatua conocida como el Caballito. Así que, si bien pierdo el crédito de mi narración, debo agradecer que quien meta esa pata sea Elena González.

Al narrar el Grito en CU, el 15 de septiembre, digo que al terminar la fiesta todo Insurgentes quedó convertido en una romería (por tanta gente a pie rumbo a sus casas). Elena no sólo atribuye esa descripción a Guevara, sino añade su sal y dice que Insurgentes estaba toda encendida de colores y salpicada de focos. ¿Eso hicimos? ¿Llenamos de luces y colores Insurgentes? No lo recuerdo.

Los enfrentamientos ocurridos en el Casco de Santo Tomás a partir del 21 de septiembre, descritos en Los días y los años por el narrador, son atribuidos por Elena a Félix Hernández Gamundi en La noche, quizá porque, siendo Gamundi alumno del Politécnico, le sentaba bien el tema. Hay por supuesto un cambio más, éste en honor a la sal popular, pues donde yo digo: “las numerosas escuelas politécnicas del Casco”, Elena traduce a su lenguaje simpático: “las chorrocientas escuelas politécnicas del Casco”, con lo cual Gamundi, otro serio del Poli, a quien Elena le planta el relato, parece un tanto bobo. Donde digo que, para repeler a los policías, los estudiantes atrincherados en el Casco de Santo Tomás les lanzaban cohetones por medio de un tubo, Elena encuentra más lindo y más indigenista que sea “un carrizo”, “una especie de cerbatana”, lo cual vuelve chistosísimo todo el asunto, pues seguro que todos se quemaron el hocico, ya que las cerbatanas son para soplar por ellas. De nuevo mi relato lo atribuye a Gamundi, lo cual me libra del papel de menso.

Cuando la pata es grave

De las páginas 152, 153 y 154 de Los días y los años, Elena Poniatowska toma la descripción de la detención de Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca (págs.105 y 106 de La noche). De acuerdo con su técnica coral democrática me elimina como narrador, pues todavía no me toca turno, y atribuye el párrafo a Raúl Alvarez Garín…, con una gravísima denuncia. Yo afirmo en mi libro que solamente Ayax Segura conocía el domicilio de Cabeza de Vaca. Elena transcribe ese párrafo en La noche de Tlatelolco, pero añade, por mala lectura de mi texto, a Jorge Peña, con lo cual lo implica en la sospecha sin motivo alguno. Pero como no hablo yo, pues me ha vuelto a eliminar, ni habla ella porque no es sino la entrevistadora, sino Raúl Alvarez Garín porque ya le tocaba turno y hace varias páginas que no aparece, resulta ser éste quien implica a Jorge Peña en una sospecha grave: la de haber colaborado con Ayax Segura en la entrega de Cabeza de Vaca a la policía. Si alguien se lo echa en cara a Peña, tiene una fuente prestigiosa en la cual basarse: nada menos que La noche de Tlatelolco.

Lo anecdótico sigue tornándose más grave cuando, según La noche, Gilberto Guevara dice: “El apoyo fuerte lo podían dar los trabajadores de los gremios más importantes del país y hacia ellos enfocamos nuestras baterías. Diariamente se daba a los brigadistas la consigna: ‘ir a la clase obrera’, pero al acercarnos a ella chocamos frontalmente con la muralla del sindicalismo charro, que impedía la movilización de los trabajadores. Entonces nos dispusimos a cambiar esa realidad y a impulsar la organización de los obreros en gremios independientes”. ¡Zas! Todos recordamos a Guevara, junto con Raúl Alvarez, como los dirigentes que se opusieron de manera terminante a la línea política arriba descrita. Eramos los de Humanidades los que creíamos tales ingenuidades. ¿Fuimos tan soberbios como para plantearnos “organizar a los obreros en gremios independientes”, nosotros, los estudiantes? En los grupúsculos de izquierda, sí, bajo la influencia de José Revueltas. La dirección del movimiento estudiantil, que es de quien habla Guevara, jamás, entre otras cosas porque gente como él atajaron esa desviación mesiánica en la que algunos siguen creyendo y tanto les reditúa en buenos viajes con todo pagado a congresos europeos desde donde salvan a indios y a pobres.

A veces sí, pero tampoco

La única ocasión en que Elena atribuye correctamente un párrafo de Los días y los años a su autor, es cuando Eduardo Valle, el Búho, está contando el episodio del joven al que interrogan en Tlatelolco. “¿Así que tú dabas clases de guerrillas, pendejo?”. “No, daba clases de álgebra y de matemáticas”. Páginas 194 y 195 de La noche…, tomadas de las 191 y 192 de Los días y los años. En efecto, fue Eduardo Valle quien me relató ese incidente. Pero, luego, la conclusión que saca Valle: “Sentí que no todo andaba mal, que todavía faltaba mucho para que nos derrotaran”, transcrita en párrafo inmediatamente aparte, me la atribuye Elena a mí… que no puedo hacer tal reflexión porque no estuve allí donde el hecho ocurrió. Valle está relatando lo que sucedió en un departamento del edificio Chihuahua, y así lo establezco en Los días y los años. Pero yo estaba en el tercer piso, el tomado por el Batallón Olimpia. En mi relato, esa conclusión pertenece también al Búho. Y así fue.

En la página 205 de La noche de Tlatelolco, Elena Poniatowska vuelve a desbarrar. Describo lo que ocurría en la tribuna del mitin ese 2 de octubre en Los días y los años. Nadie me lo contó: yo estaba en la tribuna y allí fui detenido. Elena atribuye mi narración de los jaloneos que por obtener el micrófono se dan en todo mitin a Raúl Alvarez Garín. Dice “Raúl” como pudo haber dicho “Gilberto”: al azar de la simpatía y de que no aparezcan referencias consecutivas. Pero elige ¡exactamente al único dirigente que no estuvo en la tribuna del mitin! La dirigencia se había dado la orden estricta de no acercarse a la Plaza de las Tres Culturas. Todos fuimos. Pero solamente Raúl cumplió a medias la orden y se quedó en la plaza. No pudo por tanto relatar que: “No era posible que hablaran todos, solamente se leían mensajes y cartas, telegramas y saludos y se anunciaban las nuevas organizaciones que se adherían al Movimiento.”

Otra descripción de lo ocurrido en el tercer piso del edificio Chihuahua, lugar clave para comprender el crimen, la confusión, la saña y la torpeza juntas, resume en la página 183 de La noche…, las páginas 185, 186 y 192 de Los días y los años. Una vez más, Elena decide que hace varias páginas no cita a Gamundi, así que cree oportuno hacerlo responsable de esa descripción, toda ella un relato personal de lo que me ocurrió y vi en los primeros minutos de esa masacre. No sería grave ni motivo de querella… Pero resulta que, como Raúl Alvarez, tampoco Gamundi estuvo allí. Se encontraba en el departamento de su novia que, por mala suerte, vivía en Tlatelolco y lo había invitado a comer. Mal tino el de Elena.

Un lector acucioso podría preguntarse por qué Gilberto Guevara y González de Alba narran con las mismas imágenes e idénticas palabras el inicio de la masacre: “la plaza convulsionada”, “las corrientes de gente que intenta huir”, “los remolinos en el centro”. Hasta para dos testigos presenciales la similitud es sospechosa: ¿se habrán puesto de acuerdo en una versión común este par de malosos?, podría preguntarse quien compartiera la versión gubernamental por la que nosotros iniciamos el crimen. Pero la respuesta es más sencilla y es la de siempre: la página 153 de La noche de Tlatelolco está tomada de la 184 de Los días y los años y cambiado el narrador al buen arbitrio de Elena Poniatowska. Encontrar allí palabras idénticas, si hubiera sido al azar de los relatos, es tan extraño como que el austero profesor de matemáticas, Ernesto Olvera, tenga para el mes de octubre el mismo sentimiento lírico, y hasta los mismos colores (cambiando el violeta por morado, más masculino) para describir la atmósfera otoñal, que los empleados por el cursi de González de Alba.

¿Y por qué no dijiste todo?

Muchos lectores se preguntarán si acabo de leer La noche de Tlatelolco o la leí de noche, que necesité 27 años para decir lo que acabo de decir. Bien. Para empezar yo era entonces un absoluto desconocido a mediados de sus años veinte. Elena Poniatowska, aunque no tenía ni de lejos el renombre que comenzaría a adquirir precisamente a partir de la publicación de La noche…, ya era la periodista famosa que publicaba en Siempre!, nada menos, como quien ahora dice La Jornada, el semanario entonces leído por la intelectualidad de izquierda. Por tanto me halagó enormemente la solicitud de Elena para seleccionar de mi obra, la obra de un desconocido, repito, lo que fuera necesario y hacerlo pasar como si fuera parte de sus entrevistas realizadas en Lecumberri. Pero, también es cierto que jamás me imaginé que haría lo relatado arriba por mí. Cuando leí La noche…, todavía en la cárcel, me disgustaron esos numerosos cambios. Pero le elaboré una inmediata justificación a mi heroína, la periodista de la capital que yo había empezado a leer desde los 15 años, en Guadalajara, entre clase y clase de prepa: no hubiera debido Elena, me dije, llenar su libro con citas mías y así arruinar la obra que todo México alababa. Esto, por cierto, fue otro elemento de gran peso: el clamor era unánime en el sentido de que el relato de Elena sobre el 68 era un clásico, un ejemplo, una obra que lectores, críticos, militantes y le tout Mexique, como diría ella, cubría de elogios. Aquella sombra de disgusto pronto me la arranqué de la conciencia, en un acto feroz de autocensura de izquierda. De haber sido descubierto, habría confesado mi delito en asamblea pública, como en un diminuto juicio stalinista. Lo siguen haciendo en Cuba los escritores. Ahora me digo que Elena debió encontrar la manera de resolver tipográficamente el problema, ciertamente un problema menor, de citarme más de 30 veces, pues a las 28 donde sustituyó mi nombre deben añadirse las ocasiones en que sí me cita. Y si no Elena Poniatowska, responsable del entuerto, al menos nuestros editores —nos publicó la misma editorial, ERA, con diferencia de pocas semanas— debieron hacerlo, pues no pudo pasarles desapercibido el asunto, a menos de que lean muy mal tan importantes editores. Por eso no dije nada. Pero más vale tarde que nunca, sobre todo a la vista de lo que puede ocurrirle a un historiador.

Solución propuesta

Elena Poniatowska haría otro gran favor a la causa del 68 si recordara los 30 años, el año próximo, con una reedición, minuciosamente corregida e históricamente apegada a los hechos, de La noche de Tlatelolco. Así como está es ya fuente de confusión, aunque todavía podamos desenredar el enredo. Pero en 50 años, que se van volando, ya no estaremos los que podamos aclarar que M no estuvo donde dice Elena, que B no fue quien dijo tal cosa, que P no entregó a Z a la policía. Si nuestra historia es tal nudo de mentiras, pípilas, niños héroes, paraísos indígenas, malos y buenos, conquistas, derrotas y un panteón donde hemos acostado juntos a los enemigos acérrimos, es porque desde las fuentes mismas empezamos contando mentiras. Por el camino de Elena Poniatowska quizá el 2 de octubre no se olvida, pero se convierte en otra cosa.

Luis González de Alba